El texto Bíblico que encabeza este editorial, nos habla que el clamor que se plantea desde las más altas esferas políticas y económicas en torno al bienestar y felicidad de la nación tiene su respuesta realista en la Palabra de Dios: la felicidad si puede ser una experiencia de carácter nacional.

A la luz de esta afirmación bíblica podemos decir que si es posible la felicidad nacional. Es más, esta debe ser la meta de las autoridades de gobierno de cualquier país al diseñar sus planes  y programas de acción, haciendo  a un  lado aquella actitud que ha quitado al ser humano como meta de las decisiones políticas y económicas.

Pero para que se cumpla este clamor expresado por el salmista, se requiere y es imperativo dar pasos muy concretos que son iluminados por las Sagradas Escrituras.

Primero, la afirmación “Bienaventurada (feliz) la nación cuyo Dios es el Señor”, es una exigencia a toda una reorientación de la vida, un cambio de valores y una transformación profunda en la vida der las personas  y de la nación.  En el lenguaje bíblico esto se denomina conversión. Tiene que ser restaurada, primero, la relación entre la nación y Dios. Supone que lo espiritual cobra primacía  sobre lo material. Conlleva un vivir de cara a Dios y un salir de nuestros egoísmos para marchar por caminos nuevos. Significa que el  señorío de Dios, en Jesucristo, se convierte en la norma del accionar y del convivir social.

Feliz será el barrio, la comunidad, la nación que inicia  un camino de retorno a Dios, que reconoce que, en Cristo Jesús, se estableció la única nota de reencuentro, de reconciliación entre Dios y el mundo. Esta es la base para una felicidad nacional

El segundo pasó que es imperativo dar, atendiendo a las demandas de la Escritura es que, si como nación podemos nuestra confianza en Dios, no debemos permitir que la felicidad de la nación, sea puesta bajo custodia de las fuerzas de la muerte. Dice el Salmo 33 en los versos 16 y 17: “El rey (autoridad/gobierno) no se salva por la multitud del ejercito, ni escapa el valiente por la mucha fuerza. Vano para salvarse es el caballo; la grandeza de sus fuerza a nadie podrá librar”. Cuando una nación se vuelve a Dios, significa que establece de manera correcta sus prioridades. Y, al hacerlo, puede discernir con claridad cuales estructuras en el marco social son agentes de bienestar y justicia, y cuáles deben ser desmontadas para beneficio de la salud espiritual, política, social y económica de la nación.

Bien sabemos que la salvación para nuestro país  no son los partidos políticos. No lo es el alcalde que lidera nuestra comunidad, no lo son los diputados o ministros, o el presidente de la República. La salvación a nuestra nación vendrá cuando, como iglesia, sepamos cumplir el rol que Dios nos ha asignado: “Cada iglesia local, activada por el Espíritu Santo, haciendo la voluntad de Dios, cumpliendo con su misión de ser sal y luz en medio de su comunidad”. Entonces se cumplirá la promesa del el Salmo 33:18:

“Los ojos del Señor están mirando a los que lo respetan y ponen su esperanza en su bondad: para arrancar sus vidas de la muerte y darles de comer en tiempo de hambre…”

Cuando asumamos el reto de cumplir  plenamente la misión que tenemos como iglesia, podemos decir con toda confianza:

“Bienaventurada (feliz) la nación cuyo Dios es el Señor, el Pueblo que él escoge por herencia” (Salmo 33:12).