Mauricio Valverde Díaz
Pastor

En algunos sectores de la iglesia evangélica se ha manejado por décadas el concepto de que, como ciudadanos dl Reino de los cielos que somos, debemos preocuparnos únicamente por lo asuntos relacionados a la esfera religiosa espiritual, dejando de lado los aspectos relacionados con nuestro entorno social.   Este concepto erróneo nos ha hecho descuidar nuestras responsabilidades como ciudadanos, y en lo que concierne a nuestro país, nuestras responsabilidades como ciudadanos costarricenses.

En la actualidad Costa Rica atraviesa una coyuntura  histórica trascendental para el futuro de la nación.  El primer domingo de febrero de este 2018, se estarán realizando las elecciones para elegir al nuevo presidente de la República y a los nuevos diputados que representarán  las siete provincias en la Asamblea Legislativa.  Los resultados que arrojen estas elecciones determinarán el rumbo a seguir en los próximos cuatro años. De ahí que, como miembros de la comunidad evangélica, pero más que todo como ciudadanos, nos corresponde ejercer nuestras responsabilidades civiles y tomar acciones concretas a favor de aquellos que guiarán el destino de nuestro país.

Ante esto, ¿Qué debemos hacer como pueblo de Dios? ¿Cuáles son nuestras responsabilidades como hijos de esta tierra llamada Costa Rica?

El voto: una responsabilidad

Nuestra primera gran responsabilidad como ciudadanos tiene que ver con nuestro derecho a emitir un voto para elegir a aquellos que nos gobernarán. Si bien es cierto que es un derecho, debemos verlo como una responsabilidad. En medio de la apatía que reina a nivel nacional, en relación a la intención de participar activamente en las elecciones a través del voto, como pueblo evangélico no podemos caer en la actitud irresponsable de no ejercer nuestro derecho al voto. Como buenos ciudadanos debemos acudir a las urnas el próximo 4 de febrero y con gran entusiasmo y orgullo ejercer nuestra gran responsabilidad como ciudadanos. Cuántas veces de una manera errónea, como evangélicos, se nos ha tratado como ciudadanos de segunda clase, pues no caigamos en el mismo error, al marginarnos de ejercer nuestro derecho y responsabilidad de elegir a los que nos gobernarán en los próximos cuatro años.

Orar por los gobernantes: un mandato

No basta solo con emitir un voto, sino asumir una actitud responsable y de servicio ante las autoridades que saldrán electas el próximo 4 de febrero. La Biblia, el libro que como cristianos consideramos la Palabra de Inspirada de Dios nos exhorta a orar por todos aquellos que están en autoridad ejerciendo gobierno sobre nosotros:

“se debe orar por todos los que gobiernan y por las autoridades, para que podamos gozar de una vida tranquila y pacífica, con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agrada a Dios nuestro Salvador…” (I Timoteo 2:2-3).

La oración se convierte en una poderosa herramienta, para interceder por aquellos que están en posiciones de gobierno y autoridad sobre nosotros. ¿Cuántas veces hemos orado por nuestros gobernantes? ¿Estamos dispuestos a hacerlo por aquellos que resulten electos en las próximas elecciones?

Someterse a las autoridades

Dios delega autoridad. Esta delegación de autoridad no solo se da en la esfera eclesiástica, se da en todas las esferas de la vida del ser humano, incluyendo la esfera civil. Pablo, escribiendo a la iglesia en Roma les dice:

“todos deben someterse a las personas que ejercen autoridad. Porque no hay autoridad que no  venga de Dios, y las que existen fueron puestas por él. Así que, quien se opone a la autoridad va en contra de lo que Dios ha ordenado” (Romanos 13:1-2).

Surge entonces la pregunta, ¿quiénes son esas autoridades? Las autoridades son las humanas; sean estas civiles, judiciales, legislativas, etc., que, idealmente, llevan a cabo su cometido de conservar el orden en una sociedad amenazada por el caos si no fuera por estas jerarquías que Dios ha establecido.

No es fácil comprender que el principio fundamental de la autoridad humana se deriva de Dios como medio para evitar la anarquía en la sociedad. Y lo que cuesta más trabajo es aceptar la contundente declaración de Pablo “y las que existen (las autoridades) fueron puestas por él (Dios)”.

Sabemos que ha habido viles tiranos que han prostituido el legítimo poder civil, con el que han cubierto sus propios crímenes, y parece difícil aceptar que los tales hayan sido ordenados por Dios. Es este aspecto, muy a menudo las Escrituras nos hacen saber que reyes tiránicos y malos tendrán que dar cuenta a Dios como “malos pastores”, y que frecuentemente la providencia de Dios trae juicio fulminante sobre ellos aun en este mundo, haciendo que caigan en el hoyo que ellos mismos han cavado.

 

No podemos pretender decir que vivimos bajo la autoridad de Dios, si en nuestra vida diaria, ignoramos las autoridades que Dios ha delegado para regir el curso de nuestra existencia en la tierra como seres humanos. Debemos respetar y someternos a las autoridades delegadas por Dios en la esfera de gobierno familiar, la esfera de gobierno eclesiástico y la esfera de gobierno civil.

El cristiano: un agente de transformación social

Si se nos pregunta si los cristianos han de estar con los brazos cruzados frente a los graves males sociales que afectan nuestro país y el resto del mundo, debemos contestar que el cometido primordial de la Iglesia es el de crear, por medio del Evangelio, otro tipo de ciudadano, con valores diametralmente opuestos a los que normalmente rigen la sociedad de hoy día. En el lenguaje bíblico esto se denomina conversión.

Tiene que ser restaurada, primero, la relación entre el ser humano y Dios. Supone que lo espiritual cobra primacía sobre lo material. Con lleva un vivir de cara a Dios y un salir de nuestros egoísmos para marchar por caminos nuevos. Significa que el Señorío de Dios, en Jesucristo, se convierte en la norma del accionar y del convivir social. En ese sentido, con claridad la historia nos muestra que las sanas medidas sociales y económicas que promueven los gobiernos prosperan mucho más en países con elevados porcentajes de verdaderos creyentes, no por hacer ellos las leyes, aunque algunos se han sentido libres para ello, sino porque los cristianos en conjunto crean un ambiente propicio para lo bueno.

Con claridad las Escrituras nos muestran que los cristianos pertenecen a un reino que no es de aquí, y sus armas son espirituales y no carnales (Juan 18:36; 2 Corintios 10:3-5; Efesios 6:10-20), pero mientras están viviendo sobre esta tierra, se dedican a difundir principios de misericordia y de compasión que a menudo han llevado directamente a la realización de magníficas obras tales como la abolición de la esclavitud, la igualdad social, la lucha por el bienestar y los derechos de los niños, las mujeres y los ancianos, entre otros. De esa manera, cada cristiano se convierte en un agente de transformación para influenciar la sociedad en la que esta inmerso como hijo de Dios.

Hay modos y maneras para dar a conocer nuestro aprecio por la justicia social sin identificarnos con movimientos que, andando el tiempo, o se dedicarán a violencias anticristianas o, habiendo conseguido sus objetivos, se animarán por los mismos principios mundanos y diabólicos que regirán en el sistema que lograron destruir. En ese sentido, es notable que Cristo y los Apóstoles no levantaron bandera de reforma social frente al abominable sistema de la esclavitud que había en la sociedad de ese entonces, pero, a la vez, sus enseñanzas, con el paso del tiempo, terminaron con este nefasto sistema de desigualdad social.

A manera de conclusión|

Como Iglesia, debemos asumir el reto de cumplir nuestras responsabilidades civiles al ejercer nuestro derecho al voto, al orar permanentemente por nuestros gobernantes y someternos a su autoridad,  y cumplir plenamente la misión que tenemos como iglesia  de ser agentes de transformación en la sociedad.