Navidad, la culminación de una gran espera.

Mauricio Valverde Díaz
Pastor

El saber esperar no goza de mucha popularidad  en una época como la nuestra, subyugada por el vértigo de la velocidad y fascinada por la magia de lo instantáneo.

Si quisiéramos descubrir el sentido de la vida que anima a muchos de las personas  de este tiempo, y les preguntáramos: ¿A dónde va usted? o ¿Qué sentido rige su existencia? Para nuestra sorpresa, muchos responderían “No sé, pero no me moleste que voy apurado, no puedo…esperar”.

Nos aproximamos a la celebración de un evento que, por costumbre o tradición, está asociado con el trajín, el apuro, el frenesí.

Estamos a las puertas de otra celebración de la navidad, con todos los símbolos que se le asocian: luces, árboles, música especial, regalos, deudas, fiestas, etc.

Sin embargo, la primera navidad no fue así. Las Sagradas Escrituras nos describen el ambiente previo a la primera navidad, como un ambiente de espera.  Es más, la primera navidad  fue percibida como la culminación de una gran espera. Por fin, cuatro mil años de historia hebrea signados por la huella de la vigilante espera, hallaron un fiel cumplimiento en esa primera navidad.

En el evangelio según San Lucas 1:67-75, encontramos el relato en torno a un sacerdote de Israel llamado Zacarías, padre de Juan el Bautista, quien sería el anunciador del ministerio de Jesús. Zacarías, después de haber cumplido con la ordenanza de la ley mosaica, en torno al tiempo de la circuncisión de su hijo, nos dice El evangelio que “Fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó” (1:67).

Esta profecía, expresada en la forma de un hermoso cántico que generalmente ha sido llamado el “Benedictus”, por ser la primera palabra en la traducción de la Vulgata Latina, externa la convicción profunda que embargaba a Zacarías, respecto a que, en los acontecimientos de los cuales él estaba siendo testigo en el entorno familiar, asomaba el inimitable carácter de Dios, mostrándose como aquel que cumple sus promesas, aquel que satisface aquella larga espera de su pueblo y, en él, la espera de toda una humanidad, necesitada de Dios y de su misericordia.

La primera navidad, entonces, fue la culminación de una gran espera. Fue el cumplimiento de, por lo menos, tres anhelos que palpitaban hondamente en el pueblo Israel  y siguen palpitando hoy día en toda la humanidad.

 

I. En primer lugar: la primera navidad fue el cumplimiento del anhelo de redención para toda la humanidad.

Lucas 1:68-69 dice, según la versión Dios Habla Hoy:

“¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha venido a rescatar a su pueblo! Nos ha enviado un poderoso salvador, un descendiente de David, su siervo”.

Lo hermoso de este relato es que  Zacarías no está viendo sólo a su hijo, sino que “leyendo” las circunstancias presentes, vislumbró la mano de Israel revelándose en Jesús, que habría de nacer días después.  El nacimiento del Hijo de Dios, el cual Zacarías llama “un descendiente de David”.

Este nacimiento hizo posible la primera navidad, fue el medio  que Dios usó para mostrar, en el  contexto de la historia humana, en el terreno en el cual los seres humanos viven, que había llegado el momento para visitar  y redimir a su pueblo, levantando un “poderoso Salvador” (versículo 6).

El autor de la epístola a los Hebreos, nos va a decir más adelante, incluyendo el sacrificio de Jesucristo en la cruz, que

“Cristo ha entrado en el santuario, ya no para ofrecer la sangre de chivos y becerros, sino su propia sangre; ha entrado una sola vez y para siempre, y ha obtenido para nosotros la liberación eterna” (Hebreos 9:12)

 

II. En segundo lugar: la primera navidad fue el cumplimiento al anhelo y expectativa de que Dios no olvidará su pacto.  

El sacerdote Zacarías exclama, según Lucas 1:71-72, en la versión Dios Habla Hoy:

“Esto es lo que había prometido en el pasado por medio de sus santos profetas: que nos salvaría de nuestros enemigos y de todos lo que nos odian, que tendría compasión de nuestros antepasados y que no se olvidaría de su santa alianza”.

Este cántico recoge la larga herencia de una espera que había surcado los siglos con la mirada puesta en que, un día, Dios cumpliría su pacto, su alianza, a pesar de que el ser humano había roto su relación con él y estaba viviendo en rebelión a su propósito y voluntad.

Este pacto o alianza, que arranca desde el Génesis, siempre traía promesa de vida, seguridad y esperanza.

Zacarías, nos dice, Dios ha cumplido su pacto. Por lo tanto, hay una razón para mirar el presente y el futuro con esperanza, el Dios de la vida se ha manifestado en medio nuestro y ha traído redención, salvación, salud total para todo aquel que vuelve su mirada a Él.

III. En tercer lugar: la primera navidad fue el cumplimiento al profundo anhelo por tener el poder para servir a Dios íntegramente.

Lucas 1:73-75, registra esta parte del cántico de Zacarías, según la Versión Popular:

“Y este es el juramento que había hecho a nuestro padre Abraham: que nos permitiría vivir sin temor alguno, libres de nuestros enemigos, para servirle con santidad y justicia, y estar en su presencia toda nuestra vida”.

En palabras del apóstol Pablo, en Romanos 6:18, dice:

“Y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”.

En Efesios 4:22-24, se expresa:

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.

No hay razón para decir que no es posible servir a Dios con integridad.

En la primera Navidad, al manifestarse Dios en medio de la raza humana, por medio de su Hijo, se proveyó en Cristo y su sacrificio posterior, la fuerza y el impulso permanente para servir a Dios en la totalidad de nuestro ser.

¿Qué será esta Navidad para nosotros? ¿Un tiempo de trajín, apariencias, gastos innecesarios?

El Cristo de la primera navidad, pone ante nosotros: redención, un nuevo pacto o compromiso para la vida y la fuerza para servir íntegramente a Dios.