Mauricio Valverde Díaz
Pastor

La historia  de la humanidad tiene acontecimientos importantes que deben ser visitados con frecuencia para extraer de ellos enseñanzas pertinentes a nuestra propia realidad. En la historia de la iglesia cristiana, hay un hecho fundamental que ha marcado a la cristiandad de un modo irreversible: la Reforma Protestante.

Con esta frase, normalmente se alude a un movimiento al interior de la cristiandad occidental, que aunque con antecedentes directos desde el siglo XIV, emergió en  siglo XVI y culminó a mediados del siglo XVII.

Los historiadores refieren que este movimiento,  aunque condicionado por factores políticos, económicos, sociales e intelectuales, el curso de los acontecimientos y los escritos de los propios reformadores revelan que por encima de todo fue un despertar religioso en el que se proponía la renovación de la iglesia cristiana.

La reforma protestante, como movimiento, giro en torno a tres énfasis fundamentales en los que  reflexionaremos, redescubriendo el significado presente de estos énfasis a la luz de la Palabra de Dios. Estos tres énfasis son: Sola Fide, Sola Gratia, Sola Scriptura

  1. Sola Fide (Fe)

Martin Lutero, en su peregrinaje y anhelo intenso por encontrar respuesta segura a la crisis que por aquel entonces afectaba a la cristiandad, llegó a la conclusión de que la iglesia cristiana se había alejado de su fundamento apostólico. Eso lo impulso a un estudio de la Biblia con renovado interés.

En su intensa búsqueda de paz personal con Dios, se encontró con que ni la práctica  tradicional de los sacramentos que él había aprendido como monje, ni las obras meritorias prescritas por la iglesia, le podían dar la paz que él buscaba.   Solo hubo una respuesta: “La fe total y real de Jesucristo, el Hijo de Dios”

La fuente de esta convicción le vino a Lutero al leer el pasaje de Romanos 1:17, que a su vez es eco de la declaración gloriosa del Antiguo Testamento, por boca del profeta Habacuc.   Dice Pablo en Romanos 1:17   “Pues el evangelio nos muestra de que manera Dios nos hace justos: es por fe, de principio a fin. Así lo dicen las Escrituras: el justo por la fe vivirá”.

Esta declaración maravillosa de la Palabra de Dios cautivó  el corazón y la mente de Lutero. Si produjo tal efecto en la vida de Lutero, a tal grado que desató lo que conocemos como la reforma protestante, es porque esa verdad es fundamental y es esencial en la fe cristiana.  Pero, ¿qué nos dice a nosotros hoy?  En cuanto a la fe nos recuerda una sólida verdad: La vida cristiana se origina en la fe

La frase que usa Pablo es contundente  “El justo por la fe vivirá”.  Esta frase hace referencia en primer lugar, al nacimiento a la vida cristiana, al inicio de la relación del hombre o la mujer con Dios.  No hay ningún argumento válido para sostener que una persona pueda considerarse cristiana sin haber depositado toda su confianza en la muerte redentora de Cristo en la Cruz. Y esa aceptación de la muerte de Cristo por nosotros, implica también el reconocimiento de que hemos vivido en rebeldía al propósito de Dios, a espaldas de su voluntad.  Por otro lado, demanda una decisión moral y espiritual que afecta toda nuestra existencia.

Este énfasis  de la sola fe reforma debe servirnos para recuperar la exigencia bíblica que transforma de verdad la vida: La persona empezara a vivir espiritualmente, solo cuando entregue toda su existencia en las manos de Dios, reconociendo sus pecados, sus faltas y confiando en que la muerte de Cristo es suficiente para su salvación.  A eso es lo que llamamos fe.  A eso se refiere Pablo cuando dice que: “Dios nos hace justos por la fe, de principio a fin”  Esa es una gran verdad que tenemos que rescatar de la Reforma: La vida cristiana se origina en la fe, permanece en la fe y termina en la fe. Por eso Pablo resume la vida del cristiano de una manera magistral en Romanos 1:17: “El justo por la fe vivirá”

  1. Sola Gratia (Gracia)

La fe cristiana parte de una convicción que es sustancial respecto a la condición del ser humano. Pablo afirma en su carta a los Romanos: “Pues no hay diferencia: Todos ha pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios” (Romanos 3:22b y 23)

La condición natural de los seres humanos respecto a Dios, su creador, es de separación y rebeldía. Pablo nos dice que todos han pecado, ni uno solo puede decir que no y la consecuencia lógica es por consiguiente es separación, en los términos de Pablo, estar lejos de la presencia gloriosa de Dios.

La Reina Valera al traducir separación los hace con la Palabra destitución, que lo que quiere decir es quitar del lugar en que estaba. Y eso es lo que provoca la desobediencia, la rebeldía en el ser humano.

Volviendo a la Reforma, en la Edad Media se llegó  al extremo de enseñar, dentro de la iglesia oficial, que la mejor forma o camino para que la persona tuviera reconciliación con Dios eran las buenas obras a manera de méritos.  En otras palabras, entre más  obras se hacía, más méritos se acumulaban para obtener el favor de Dios y por consiguiente la salvación. Las buenas obras se iban acumulando para garantizar la salvación de las personas.  Esto significaba que delante de Dios las cosas estaban arregladas. Fue ante estas prácticas que Martín  Lutero alzó  su voz,  y lo hizo para recordar y proclamar con toda vehemencia, que el reencuentro entre Dios y los seres humanos ha sido iniciativa de Dios.

La mayor definición de la gracia de Dios la encontramos en la Escritura misma. “Pero Dios prueba que nos ama en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).  En la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, Dios ha hecho evidente, de manera espontanea, su amor para con el ser humano, aun cuando este no sea merecedor de esta manifestación, por vivir en una constante rebeldía a su creador.

La Biblia es clara al afirmar en la carta de Efesios 2:8-9  “Pues por la bondad (gracia) de Dios han recibido usted la salvación por medio de la fe. No es esto que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada”. Desde esta perspectiva solo hay un camino para la persona que anhele volver a tener comunión con Dios y de esa manera hallarle verdadero sentido a su existencia: La gracia de Dios.

La gracia de Dios opera una transformación  profunda cuando hay arrepentimiento genuino en la persona. Esta transformación que inicialmente es interna, que afecta el interior de una persona, no pasa desapercibida. Tiene que ser evidenciada en un estilo de vida coherente con aquello que se declara que Dios ha hecho en nosotros. Es por eso que leemos en Efesios 2:10: “Pues es Dios quien nos ha hecho; El nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, siguiendo el camino que El nos había preparado de antemano”

Ese fue el grito de Lutero: “Sola Gracia” La gracia de Dios es suficiente para nuestra salvación

  1. Sola Scriptura (Escritura)

La Reforma Protestante, fue una  clara respuesta  a un profundo anhelo de retornar  a las fuentes del Evangelio, que habían sido temporalmente obstruidas  por la corrupción y el formalismo religioso al interior de la iglesia de aquel entonces.

Las famosas 95 tesis de Martín  Lutero, expresaban su radical propuesta contra la práctica  de vender indulgencias.  Como es sabido, esta práctica  consistía en que las personas  podían,  por una determinada cantidad de dinero, comprar  las llamadas cartas de absolución, que garantizaban que sus dueños  habían sido perdonados de sus pecados  por un determinado período.

Si hoy día quisiéramos definir cuál fue la fuerza motriz que impulsó  el movimiento de la Reforma, tendríamos que afirmar que fue su insistencia en la restauración de la autoridad de las Sagradas Escrituras.  Eso se resume en la consigna de Martín Lutero: Sola Scriptura o, en buen español, “La Escritura Sola”. Con esa consigna Lutero y los demás reformadores, pretendían regresar a la antigua exhortación  hecha por el apóstol Pablo, en relación al lugar central que debe  ocupar la Palabra de Dios en la vida de todo  creyente: “Toda Escritura está  inspirada por Dios…” (2 de Timoteo 3:16), afirmó  el apóstol a los gentiles.

Esta declaración del apóstol Pablo  nos muestra que, contrario a lo que muchos piensan, la Biblia no es meramente un adorno de carácter religioso para los cristianos. Es más bien la base firme  sobre la cual se debe edificar el testimonio de aquellos  que son genuinos discípulos de  Jesucristo, el fundamento sobre el cual se debe construir  este gran edificio espiritual que conocemos con el nombre de Iglesia Cristiana.

Pablo está diciendo que nadie está preparado para servir a Dios de una manera adecuada sino tiene su vida fundamentada en la Palabra de Dios y la disposición de permitir que esa Palabra sea un instrumento de enseñanza, de reprensión, de corrección y de educación continúa en nuestra vida. Y ese sometimiento a la Palabra de Dios debe de manifestarse en un estilo de vida que glorifique a Dios al hacer, como dice Pablo, toda clase de bien.

Es necesario un sometimiento total a la autoridad de la Palabra de Dios y vivir en coherencia con las demandas éticas del Dios que se nos revela en la Escritura. Esa es una de las grandes herencias que nos dejo el movimiento de la Reforma. “Toda la Escritura es inspirada por Dios…”

En relación a esta frase, Juan Wesley el gran teólogo y reformador inglés del siglo XVIII expreso:

“El Espíritu de Dios no solo inspiró una vez a quienes escribieron las Escrituras, sino que continuamente inspira, y ayuda sobrenaturalmente a quien las leen con oración diligente”.

Debemos procurar que muestras vidas personales, y la vida de nuestras comunidades de fe estén siendo moldeadas  y nutridas por la Palabra de Dios, porque, solo de esta manera,  tendremos un impacto positivo sobre  el entrono que nos rodea como personas y como iglesias, lo que necesariamente  debe producir como fruto  cambios concretos.

Concluimos diciendo que,  al recordar este mes de octubre los 500 años de la Reforma Protestante,  como iglesia cristiana debemos tomar con la seriedad el seguir edificando sobre en estos tres énfasis como herederos que somos de esta gran gesta histórica: Sola Fide, Sola Gratia, Sola Scriptura.