Una lucha continua por mantener la fe bíblica

Pastor Juan Carlos Sánchez Saborío

Al hablar de la Reforma Protestante, estamos usando un término amplio que desig­na un movimiento religioso en la Cristiandad occidental, que surgió alrededor del año 1500 y culminó a mediados del siglo XVIl, con antece­dentes directos que se remontan al siglo XlV, y que está condicionado por factores políticos, económicos, sociales e intelectualesi, que por enci­ma de lodo fue un despertamiento religioso que se proponía la renovación de la fe cristiana, y cuyo mayor exponente es sin lugar a dudas es Martín Lutero.

Hace quinientos años ya que este celebre sacerdote católico romano y monje agustino fue transferido del monasterio de Erfurt a la Universidad de Wittemberg.

Wittemberg era la capital del Electorado de Sajonia en Alemania con una población en 1513, de unos dos mil habitantes. No obstante, en la famosa Iglesia del Castillo había una colección única de 5005  reliquias. Un estudiosoii nos informa:

“Entre éstas, convenientemente anunciadas y divulgadas, había pedazos de la  zarza ardiente de Moisés, 9 espinas de la corona de espinas, 35 fragmentos de la cruz, algo del heno y paja del pesebre de Cristo. Había restos del pesebre, de la cuna y de los pañales de Cristo; pelo de la Virgen, un frasco con leche suya, trozos de su túnica y otros adornos; 204 pedazos de los cuerpos de los Santos Inocentes, incluyendo un cuerpo intacto.”

Pero su valor, según el entender religioso de esa época,  no era turístico nada más sino espiritual ya que,

“se podían conseguir 127,709 años y 116 días de redención de tiempo de purgatorio adorándolas, diciendo la fórmula de oraciones y pagando lo convenido.”

Ese fanatismo religioso y superstición desenfrenada fue combatida pronto por Lutero, quien, en dos de sus escritos que hemos seleccionado a continuación, nos hace ver claramente las falsedades que se enseñaban en esos tiempos.

Martín Lutero escribió en agosto de 1520 una obra titulada “Discurso a la nobleza cristiana de la nación germánica sobre la reforma del estado cristiano”, en la cual afirma que la Iglesia Católica romana erigió en torno a sí misma tres murallas de paje y de papel que obviamente son vanas y absurdas, a saber:

 

1)     La muralla que separa en dos estados a los seres humanos, a saber entre los que son clérigos o eclesiásticos y los laicos, promoviendo la superioridad de los religiosos profesionales sobre los  creyentes particulares.

 

2) La muralla que establece a los religiosos profesionales como los dueños de la interpretación de las Sagradas Escrituras dada su preparación académica y  demás.

 

3) La muralla que levanta la autoridad del papa de Roma sobre todas las cosas e instituciones humanas, y que lo hace prácticamente incorregible.

 

En octubre de 1520, Martín Lutero escribió una obra titulada “De la Cautividad Babilónica de la Iglesia”, en la cual propone que la Iglesia de sus días tenía tres cadenas de prisión que la ataban, las cuales son:

 

  1. La teología sacramentaria (o penitencial para nuestra mejor intelección), la cual enseña que por medio de los siete sacramentos que enseña la iglesia de Roma los creyentes recibimos la gracia de Dios.

 

Lutero y los protestantes hemos visto claramente los errores de este acercamiento:

 

  1. Minimiza la enseñanza escritural del alcance gratuito y directo que las personas con fe pueden tener a la gracia de Dios, sin que medie ningún esfuerzo o colaboración humana.
  2. Pondera, excesivamente el papel de la Iglesia como repartidora de la gracia divina por medio de los rituales y sacrificios que realicen.

 

  1. La doctrina de la transubstanciación, que había sido definida inicialmente por Pascasio Radbertoiii, un monje benedictino en el año 831 y lo dogmatizó iv el Cuarto Concilio de Letrán en 1215, la cual propone que por la consagración que hace el sacerdote del pan y del vino se produce una transformación de la sustancia entera del cuerpo de Cristo nuestro Señor y de la sustancia entera del vino en el cuerpo de su sangre.

Lutero y los protestantes vemos los múltiples errores que contiene y conlleva esta doctrina:

  1. No tiene sustento bíblico ni histórico durante los primeros siglos de la Iglesia. Es claro que nunca fue la enseñanza de la Iglesia apostólica del primer siglo. Tardó cerca de 1200 años para formalizarse este dogma.
  2. Le da al sacerdote un poder que raya en lo mágico al momento de la consagración de los elementos.

iii.    Propone acercarnos a Cristo de forma sacramental, lo cual no es la manera personal, dialogal y directa que enseña el Nuevo Testamento.

 

  1. El sacrificio de la misa, según lo entiende la Iglesia de Roma, es el acto litúrgico durante el cual se ofrece la eucaristía. Es el tiempo cuando Jesucristo es sacrificado nuevamente por los pecados de los comulgantes.

 

Lutero y los protestantes notamos los errores de esta doctrina:

 

  1. El sacrificio de Cristo es perfecto, según enseña la Biblia y no requiere repetirse.
  2. El centro de la liturgia cristiana es la Palabra de Dios y no otro. Todo es importante pero solo cuando la Palabra ocupa el lugar que le corresponde, los demás aspectos ocupan el espacio adecuado.

iii.    El papel del ministro cristiano, no es el de un obrero del altar, es decir un sacerdote que sacrifica, sino más bien el de un pastor y maestro que forma, cuida y orienta al rebaño del Señor. Los creyentes somos una nación santa, y un sacerdote real ante el Señor el cual nos da acceso gratuito a su presencia.

 

Con el paso de los años, Martín Lutero pudo ver claramente el alejamiento de la Iglesia Medieval del Cristianismo Apostólico en otros aspectos, y finalmente la Reforma se basará en cuatro afirmaciones teológicas v que deben guiarnos hoy en día:

 

  1. Nuestra salvación es un acto del amor de Dios y nunca el resultado de las buenas obras: Todo lo que recibimos y somos es el resultado de la Gracia de Dios.
  2. Nuestra salvación se recibe únicamente por la fe en Jesucristo: Nuestra fe no puede estar en objetos, lugares, personas o actos. La fe debe ser puesta en Cristo.
  3. La fe debe ser orientada por y hacia Cristo y nunca en otra dirección. Solo Cristo es nuestro redentor y Señor. Nuestra vida debe ser un testimonio íntegro del Señorío de Cristo.
  4. La Biblia es la única fuente normativa de fe y conducta revelada por Dios. No debemos depender en personajes, directrices institucionales o formas de revelación que no están de conformidad a este principio.

 

Todo lo anterior nos debe llevar a reflexionar sobre nuestros desafíos actuales y tener muy claro en nuestra mente nuestro papel como cristianos protestantes, para no caer en semejantes ejemplos de error causado por la religiosidad y la superstición  que se promueven, fomentan o toleran en la actualidad.

 

Permítaseme como conclusión  señalar tres asuntos que considero básicos y pertinentes para que el Cristianismo mantenga y/o recupere su vitalidad.

 

  1. Somos herederos del pasado. Dios Señor del Universo y de la Historia se ha manifestado poderosamente a través de los siglos por medio de hombres y mujeres, religiosos y seglares, doctos e indoctos y ha hablado con claridad en medio de las tinieblas: El avivamiento wesleyano en el siglo XVIII, los movimientos de santidad del siglo XIX y el movimiento pentecostés de nuestro siglo veinte beben en la fuente de la Reforma su carácter específico. Deben los herederos de estas corrientes leer y aprender las lecciones de la Reforma cuidarse de no tropezar en los mismos errores:

 

  1. Del movimiento se pasa a la institución. Un hermoso sentimiento se transforma en un estado que luego se vuelve autónomo y autoritario: Una institución de servicio se puede convertir en un fin en sí misma e intentar aislarse de sus bases y fundamentos. El sociólogo Max Weber ha argumentado que todo grupo iniciado por un líder inspirador cambiará inevitablemente después de su muerte.  Al intentar sus discípulos el adaptar las enseñanzas del líder carismático a cada situación de la vida, las estructuras que ellos crean inevitablemente serán más institucionalizadas. Este juicio sobre la transición de los movimientos religiosos, incluye la que se dio de Jesús de Nazaret a la iglesia cristiana.

El necesario proceso de evolución, maduración y confor­mación de todo dinamismo implica en sí una brecha y distanciamiento constante al devenir histórico, pero no se pueden descuidar las vivencias por las urgencias.

 

  1. Vivir de las glorias de siglos pasados es tan absurdo pero tan frecuente que a veces no se percibe su estulticia. Recordar lo que se hizo y soezmente emularlo es absurdo. Quizás no todos los tiempos tengan su Cesar pero sí tienen todos su Brutus.

 

  1. Somos actores del presente. Vivir la realidad, todos lo hacen a su manera, pero no todos viven realmente. La Iglesia del Señor debe orientar a su pueblo para que alcance ese tipo de vida, anhelo de su Señor.

 

Los lectores de los tiempos indican horizontes extraños: La Iglesia debe pasar de la protesta a la propuesta, de la contestación a la afirmación, de la denuncia al anuncio. Aún hay vida abundante en Cristo Jesús.

 

  1. Somos arquitectos del futuro. Le plugo a Dios confiarle a su Iglesia el anuncio de que Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó (Hechos 17:31) Este mensaje no exhorta sino demanda que dichas situaciones se estén presentando entre los hombres hoy: el reino de Dios es acompañado de profundas y majestuosas mutaciones.

 

Soñemos, volvamos a creer, renovemos las esperanzas, el trabajo en el Señor no es en vano y nos tiene guardada corona a todos los que aman su venida. El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye diga: Ven. Amén.

 

 

 

NOTAS BIBLIOGRAFICAS

 

i Robert Linder, art. Reforma, D.H.I, editado por Nelson., pp. 895-897.

ii Atkinson, pp. 65-66.

iii Ives, pp. 1021 en Nelson, Diccionario de Historia de la Iglesia. Véase a Walker, pp. 211

iv Rogers, pp. 658 en Nelson, Diccionario de Historia de la Iglesia.

v Ver artículo Periódico Alianza, Octubre 2007, Reforma esencia y desafío.